Educar es acompañar: una reflexión desde el regreso a clases

Educar es acompañar: una reflexión desde el regreso a clases

En estas semanas, muchas escuelas privadas vuelven a abrir sus puertas y, año tras año, hay algo que siempre nos llama la atención: la alegría genuina con la que los niños regresan a sus aulas. Esa sonrisa espontánea, esa energía al reencontrarse con sus compañeros y maestros, no es casualidad.

Podemos leerlo de dos maneras. La primera y la más evidente es que estamos haciendo un excelente trabajo. Que los niños disfrutan venir, se sienten seguros, escuchados y motivados. Que la escuela no es una obligación, sino un espacio donde quieren estar.

La segunda lectura es más profunda y nos invita a reflexionar: esa felicidad también nos recuerda lo indispensable que es este espacio social, humano y formativo. Un lugar donde los niños pueden compartir, expresarse, equivocarse, aprender y crecer junto a otros. Algo que, muchas veces, no encuentran con la misma intensidad en otros entornos.

Esto no nos lleva al dramatismo, sino a una certeza serena: lo que hacemos importa, y mucho. Porque educar no es transmitir contenidos; es sostener procesos humanos, acompañar trayectorias únicas, estar presentes cuando el aprendizaje también toca la emoción, la confianza y la autoestima. Para que eso siga siendo posible, la autonomía no es un privilegio, sino una condición esencial: la libertad de poner al niño en el centro, de reconocer su ritmo, de liberar su potencial y de construir comunidades donde aprender no sea una carga, sino una experiencia profundamente significativa y, también, feliz.

Seguir por este camino no es solo una opción: es una responsabilidad.

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